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A grandes males, remedios caseros

Pues estrenamos agosto este verano atípico. El tradicional mes de las vacaciones, sin vacaciones –al menos sin las vacaciones tal y como las conocíamos hasta este infausto año 20–. Toca apañarlo como se pueda para ir tirando por el túnel, esperemos que hacia la luz y no hacia más tinieblas. Para pasar el mal trago no existen recetas mágicas

Pensamiento evasivo, aunque giratorio

El verano llega a su ecuador y la incertidumbre prosigue también. No hay manera con esto. La sensación de provisionalidad lo invade todo y contribuye a aumentar el desconcierto general originado por la pandemia. Con la vida trastocada y los planes cancelados, nos queda poco donde agarrarnos. Por eso la introspección y el aislamiento

Música en desconcierto

Ya he experimentado otras veces ese mismo fenómeno de irrealidad sobre la irrealidad –la irrealidad ya intrínseca de los sueños–, pero esta noche pasada me hizo dudar de nuevo. Yo volvía 34 o 35 años atrás, a mi adolescencia del siglo pasado. Estaba en un concierto heavy fuera de mi ciudad, pero no lejos. Un plan propuesto

Valor con valores

No pocas veces me pesaba la evidencia descorazonadora de que nos faltaba valor para defender los valores. Como individuos y como sociedad. Me sigue pesando, claro; nada cambia de la noche a la mañana, ni con situación de posconfinamiento por pandemia ni sin ella. Son los pequeños gestos individuales

Reforestación

La tormenta azota la travesía sin que parezca atisbarse un final. Sigue golpeando la pandemia y el mapamundi entero se convulsiona de dolor. El planeta sufre y se defiende; la lucha por sobrevivir siempre es denodada y a veces incógnita. Lo que no podemos dejar de notar son las consecuencias. Una amenaza sombría nos aparta unos de otros y corroe la vida humana; enturbia, congela y mata día día hasta que en algún punto imperceptible del tiempo la primavera se subleva y

Lujos de la sencillez

El efecto sorpresivo de una historia a veces tarda años en revelarse y lo hace por medios poco ortodoxos, incluso ajenos por completo al propio texto. Porque hay historias que se vuelven que ni pintadas para estos días inciertos y deseosos de aire. Por antiguos que sean, y sin que se sepa por qué, esos relatos del pasado cobran una inusitada, insólita actualidad. Y ya no nos queda otra que sonreír. Pero mejor será que lo cuenten directamente los mismos personajes. Que compartan un poco de su menú adolescente del Excelsior.

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–No puedo creerlo, Víctor –dijo Helena. Parecía en verdad sorprendida, con los ojos muy abiertos balanceados entre la incredulidad y la admiración–. No solo recordabas el menú, sino que has conseguido que nos lo sirvan aquí. Nada menos que en el Excelsior.

* (Continuará en algún formato papel)