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Amenazas que unen

Este blog siempre discurre siempre por los cauces de un microcosmos muy pequeño, limitadísimo, el del propio autor. No obstante, hoy (11 de marzo, coincidiendo, ahora me doy cuenta, con los atentados terroristas de la misma fecha del año 2004 en Madrid) me veo obligado a hacer una excepción. La emergencia mundial por coronavirus nos debe hacer reflexionar y aprender.

Recapacitar sobre

las cosas realmente importantes de la vida: la propia vida, en primer lugar. Luego hay que poner en valor la actuación humana de conjunto para la vida, la organización social interdependiente de todos con todos, la sociedad imperfecta pero estructurada, amenazada ahora de colapso (no quisiera pensar más en el "Ensayo sobre la ceguera", de José Saramago). Un mundo tan globalizado, con tantos millones de viajes a diario, es, forzosamente, un mundo común; para lo bueno y para lo malo.

Todos deberíamos contribuir a cuidar y mejorar el conjunto, sin distinción de clases ni naciones, pues la vida nos une a todos por encima de todo. Si esta catástrofe nos conciencia y nos hace mejorar los hábitos higiénicos elementales (estornudar en un pañuelo, toser en el codo y no en la mano potencialmente contaminante, lavarse las manos cuando lo indique el sentido común), algo habremos avanzado para estar mejor preparados ante la próxima amenaza sanitaria. 

Y a los mandos se echa en falta un mando único, sin distinción ni desbarajuste por regiones o naciones. En las amenazas graves de salud deben ser las autoridades sanitarias y científicas quienes decidan y dirijan por encima de intereses económicos o políticos. Siempre. De la misma manera que es incontrovertible, irrevocable bajo cualquier ley o gobierno el nombre de una calle en recuerdo al inventor de las vacunas o al descubridor de la penicilina, por poner solo dos ejemplos benefactores para la humanidad en su conjunto.