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Chocolate de invierno

Una tarde de este diciembre pasado me acerqué por el centro de la ciudad para ver si estaba tan concurrida como decían. Era así. Había algo de reclamo causante, supongo, en la decoración navideña y en las fechas de retorno familiar. Yo acaba de llegar de una nueva estancia por el Sur y

tenía conmigo alguna sensación de reencuentro también. Avisé a mi amigo Arturo por si andaba cerca y así charlar un poco con él; la verdad que me apetecía verlo. Estaba en una chocolatería acompañado de su madre y su abuela y me invitó a acercarme para saludarnos. Su madre anda con esos problemas de memoria que tanto afectan a la longevidad de nuestros tiempos. Entre otras divagaciones nos habló de su trabajo de maestra, vanguardia pionera en una mujer de su tiempo. Sé por mi amigo de la ideología conservadora de su madre, que sin colgarse medallas se había abierto camino en una carrera exclusiva de hombres y también en un mundo que ya entonces desaparecía. Su primer destino fue rural, un pueblo de las montañas al que entonces había que llegar en burro. La señora no se quejó de aquella incomodidad, al contrario, lo recordaba como una experiencia maravillosa. Una etapa de su vida a salvo del naufragio de la memoria. Y también una muestra de feminismo inconsciente, cultivado con el ejemplo del esfuerzo personal.

            Aquel recuerdo de la mujer anticipó también el futuro probable de todo aquel que llegue a determinada edad desgastada. Lo entreví al momento y me apliqué el aviso. Por eso esta reseña escrita antes de perder más mundos. De perderlo todo con el tiempo.