A grandes males, remedios caseros

Pues estrenamos agosto este verano atípico. El tradicional mes de las vacaciones, sin vacaciones –al menos sin las vacaciones tal y como las conocíamos hasta este infausto año 20–. Toca apañarlo como se pueda para ir tirando por el túnel, esperemos que hacia la luz y no hacia más tinieblas. Para pasar el mal trago no existen recetas mágicas

, sino personales y variopintas. Todo vale cuando el fin justifica los medios, como parece el caso por ser la alternativa demasiado deprimente de contemplar siquiera. Se trata de no venirse abajo, ni mucho menos de enloquecer por una realidad con sensaciones de pesadilla. A unos les puede funcionar el entretenimiento casero o socialmente limitado, la cocina experimental, las películas y series, la música, las lecturas, el teléfono o las videollamadas con el mundo exterior. En mi caso me aplico una dieta de viajes interiores –a falta de los presenciales, buenas son tortas en conserva–, recordatorios de viajes pasados por los lugares donde quisiera pasar al menos buena parte del día y un alargamiento de paseos dominicales, porque es cuando menos gente hay. Y también me aplico la medicina milenaria de los libros, claro. Para leer y para escribir. Porque no hay mal que por bien no venga y ya tocaba sacar los innumerables apuntes del cajón para darles forma editable. Un proceso constructivo prolijo, pero consustancial y además invariable. Mejor así. Mejor que haya cosas que sigan igual que siempre por no poderlas cambiar las crueldades de una pandemia.

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