Vivir. Escribir. Revivir.

Este verano me tocó trabajar y me vino de perlas. Un pequeño contrato en mi propia ciudad, lo que me ahorraba viajes obligados. La única inoportunidad que le veía a ese trabajo de nómina era que me cogía con un relato pendiente de escribir para un premio literario de temática determinada y plazo limitado.

Al dedicarle el tiempo y la atención extra del aprendizaje a la jornada laboral, me iba a ver en dificultades para centrarme a escribir el relato que planeaba. Pues bien, resulté equivocarme muy a mi favor por una vez –ni las zancadillas del lápiz de memoria USB que me falló pudieron evitar que completase la tentativa del relato previsto–. De hecho, no solo lo hilé y lo escribí en tiempo sobrante de récord, sino que escribí varios relatos más a partir de mi archivo de apuntes, incluso me atreví a comenzar otra novela este mismo mes. Estos otros trabajos no estaban proyectados, ni mucho menos, para ninguna fecha concreta, simplemente salieron al rebufo de un letargo sacudido. Eran la consecuencia de la reactivación laboral, que te agiliza mejor que nada en todos los ámbitos, por sorpresa y por la propia fuerza de la novedad. Al final obtuve  mucho más de lo esperado: un pequeño contrato de trabajo ampliado por mi cuenta sin contrato ni obligación, por puro aprovechamiento de energía. Y los efectos continúan…

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