Cruces de caminos y de horarios

Si en una entrada anterior de este blog mencionaba mi reactivación laboral de verano, cambiar de año y de estación no cambia el fondo de esas percepciones. Un día de este invierno, casi primavera ya por calendario y por inestabilidad meteorológica, se produjo uno de esos reencuentros con cruce de capítulos, tramas y protagonistas reales de toda realidad. Yo iba de camino a una nueva jornada de trabajo temporal y ella salía de la suya –las calles del país que madruga siempre acaban por cruzarse en algún punto–.

Pese a salir del turno de noche, andaba más despierta que yo. Al menos fue ella, María, quien me vio. La escena siguiente fue instantánea y entrañable. Un saludo efusivo por no habernos vuelto a ver desde el trabajo coincidente del verano, la simpatía mutua, la intención de vernos con más tiempo y ponernos al día con lo particular. En la semana que coincidimos trabajando tuvimos ya constancia de ciertas afinidades que posibilitaron todo eso. María, gran lectora, se interesó por mis publicaciones y colaboró adquiriendo un ejemplar de Cuaderno andaluz para ella y otro más para regalar –qué tradición más buena y amenazada de obsolescencia inducida, la de regalar libros–. No me extrañó, por tanto, que María saliese de su turno de trabajo con un libro bajo el brazo –blanco y en botella su empeño lector, aun en la noche–. Me sentí confortado para seguir trabajando a retales, para seguir escribiendo contra viento y marea, para seguir recapitulando la vida a mi manera. Madrugar a veces tiene esos premios y estos consuelos. Que nos dure.

DEJA UN COMENTARIO

Comentario

Nombre (obligatorio)

Email (no será publicado) (obligatorio)